Un poco de historia

La Peña Chola es un grupo de personas con un par de cosas en común:

  • Una historia compartida verano a verano y labrada fiesta a fiesta.
  • Una ilusión por seguir compartiendo unos días al año con aquellos que nos han acompañado a lo largo de todos estos años.

La verdad es cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre, pero juntos nos lo pasamos realmente bien.

La Peña Chola tiene su historia y es una historia bastante larga. No se remonta al origen de los tiempos, pero sí al origen de muchas ilusiones.

Todo empezó antes, mucho antes de que un grupo de chiquillos se autodenominase la Peña Eskalope, para luego llamarse Peña de la Greña y adoptar, de un modo definitivo, el nombre de Peña La Chola en 1989. Antes habían sucedido muchas cosas y algunas de ellas ya se han borrado de nuestra memoria.

Pero fueron la fundación de la Peña y el acondicionamiento de nuestro primer local (no sería el primero que íbamos a encementar) los hechos que aglutinaron a unos cincuenta chavales de varias edades (de los 13 a los 19) en torno a una identidad y un proyecto común: la Peña Chola.

Aquí no caben todas las historias ni todas las reflexiones: las palabras no pueden devolver la vida a lo vivido, pero sí pueden darle un sentido. Este es el objeto de las siguientes líneas, escritas en 1998, el año del décimo aniversario de nuestra Peña:

La Chola cumple 10 años, 10 veranos en los que hemos intentado (y, en gran medida, logrado) mantenernos unidos en torno a una causa común: disfrutar de la compañía de la gente con la que hemos crecido, con los que hemos callejeado y jugado a todo lo posible y lo imposible, con gente de todas partes con las que nos une una clara vocación de celebrar las fiestas y algo aún más fuerte: una historia común.

Hemos sido testigos de un Samir de los Caños en el que las calles se volvían de barro al caer de la lluvia, donde había que llevar el cántaro al chariz si se quería beber agua, donde el teléfono era un desconocido, las farolas una utopía y la era una maraña de parvas en las que los trillos giraban al ritmo de un tiempo pasado, mucho más duro para los hombres y mujeres de este lugar. Para los niños, mágico y encantador.

Hemos sido testigos de un Samir que ya nadie más conocerá. Pero esa imagen de los embalses en la huera, de las calles embarradas, de una era plagada de escondites y aventuras, no nos abandonará mientras la ilusión de compartir un pedazo de nuestro tiempo nos sirva para pasar unos días juntos, para compartir una mesa, para celebrar un milagro: seguimos vivos.

Todos hemos cambiado, ya no somos niños y ahora jugamos al escondite con un cubilete o en una cerveza, pero cuando volvemos a Samir descubrimos que el tiempo se ha detenido, que fue ayer cuando nos despedimos y ya estamos otra vez charlando o riendo, contando historias de ese tiempo propio que nadie, sólo uno mismo, se puede quitar.

Y, poco a poco, va siendo más importante volver a ver unas caras, saber lo que ha sido de ellas, conocer cómo nos van las cosas en este mundo tan complicado que no venía en los libros. Y quizás no nos divirtamos tanto, quizás ya nos falten las fuerzas, pero basta con ver un rostro para tener el corazón de fiesta. No en vano, lo peor de compartir tu vida con otros es que la gente se te va metiendo dentro. Y se convierten en una parte de nosotros mismos que no podemos abandonar.

Esto es lo que celebramos cada año, cada reencuentro. Y es lo que nos tiene que unir de nuevo este verano, porque tenemos suerte de haber vivido y de vivir una aventura como es mantener la ilusión, los proyectos, una causa por la que brindar, en una etapa en la que la vida dicta desbandada. Y sí, esto es una aventura, un pulso a los años que tarde o temprano nos han de vencer, un reto tan difícil como encontrar un hueco en nuestros veranos y en nuestro interior. Vamos, tan arriesgado como jugar un kinito con los hermanos Ferreras… algo que, en todo el mundo, sólo vosotros podéis comprender.

Han sido diez años que llaman a nuestra puerta. Ojalá todos podamos abrirla y vernos unos días para reir, charlar, beber, contar historias y dar que hablar, que siempre lo hemos hecho. Ánimo, nos vemos en verano. Y que nos quiten lo bailado.

Desde 1998 hemos pasado muchos momentos memorables y también han cambiado algunas cosas: tenemos más canas, más arrugas y menos pelo 😉 Pasan los años y las familias crecen. Pero queremos ser como el buen vino, que pierde fuerza con el tiempo pero gana en sabor.

En el 2013 cumplimos nuestro 25º aniversario. Y lo celebramos juntos, como siempre, con nuestros amigos de la peña La Chola. Aún nos quedan otros 25 años…